Un matrimonio no es solo un día. Es el resumen de todo lo que han construido hasta llegar ahí. Las miradas cómplices, los nervios del primer baile, esa lágrima que no pudiste contener cuando viste a tus padres emocionados. Todo eso pasa una sola vez y pasa muy rápido. Las fotos no son un adorno. Son la única máquina del tiempo que existe. Por eso cuando me contratas para tu boda, no vengo a hacer un reportaje. Vengo a cuidar cada segundo como si fuera el último. Vengo a mezclarme entre tus invitados sin molestar, a esperar el momento justo, a disparar cuando te olvidas de que existo. Porque las mejores fotos no se posan, se viven. Y cuando dentro de veinte años mires esas imágenes, no recordarás el vestido ni el banquete. Recordarás cómo te sentiste. Y ese sentimiento, bien guardado, no te lo quita nadie.

